domingo, 6 de agosto de 2017

Crisálida (Mt 17,1-9)

No esperaba tanto resplandor
G. Cerati

La de hoy es una escena poderosa, muy rica; un episodio clave no sólo en el camino de los discípulos sino del mismo Jesús. Estamos ante una segunda miniatura pascual: en su momento el bautismo y ahora la transfiguración.

"Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos". ¿Qué significa este verbo? Es un cambio de figura, un cambio de forma. El evangelista habla como puede porque las palabras arriman pero siempre quedan cortas. Jesús deja ver su misterio, su secreto, su identidad más profunda. Esto ya sería una gran cosa si se tratara de un hombre cualquiera, pero ¡cuánto más siendo el Hijo de Dios! Lo que nos sale al cruce es la divinidad misma de Jesús que se muestra aquí con una intensidad nunca antes vista. Es una sorpresa, un asalto de luz y gloria para el cual no hay preparación que alcance. Y para colmo la luz surge de dentro, porque le pertenece. "Su rostro resplandecía como el sol". Ya no son simples destellos sino un fulgor que doblega, que derriba dulcemente en un santo temor. 


De la nube del cielo llega una voz: "Éste es mi hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo". El Padre confirma nuestra percepción. Es una voz suave y firme, llena de cariño y autoridad. Una voz que respira sabiduría y complacencia. Jesús recibe el respaldo del Padre y del Espíritu; esas palabras lo acreditan, lo señalan y lo ungen: no se confundan "éste es". El llamado a escucharlo es tanto un consejo como un mandato. Y en ello se trasluce la verdad última sobre el hijo del carpintero. De manera sutil pero inequívoca se nos dice que este hombre es Dios, que a él se lo debe escuchar de la misma manera que Israel sólo ha de tener oídos para su Señor (Dt 6,4). La consigna parece sencilla, casi superflua, pero en realidad es todo lo contrario. Pensemos en esa famosa leyenda sobre los últimos días de san Francisco de Asís, que entre gemidos gritaba: "el Amor no es amado". 

La Palabra hecha carne sigue siendo un escándalo. Cerramos nuestros oídos porque hemos cerrado antes el corazón. La transfiguración es el misterio de una luz que brilla en las tinieblas, adentrándose en ellas como un cordero que, resuelto, sale al encuentro de la manada de lobos. La sombra de la pasión se hace presente en el diálogo que Jesús mantiene con Moisés y Elías. Ellos representan la fidelidad en la prueba, el sufrimiento de la incomprensión y la soledad en atención a la única misión que vale la pena, la que abre horizontes de eternidad.

Todavía podemos decir algo más. La transfiguración es una gracia de consolación. "Qué bien estamos aquí". En determinados momentos Dios nos regala entrar en su intimidad, progresar en su conocimiento, advertir su presencia con una nitidez que va más allá de lo habitual. Ocurre que Él nos busca pero no siempre nos dejamos encontrar. La transfiguración puede llegar de diversas maneras: en la contemplación de un paisaje, en el silencio de una asamblea que respira comunión, en un cruce de miradas que se entienden, en la meditación de un pasaje de la Escritura, en la asimilación de una verdad que nos atraviesa como un relámpago... Es la zona mixta donde el cielo y la tierra se unen, el tiempo en que recordamos hacia qué alturas estamos llamados.


Es verdad que Pedro, Santiago y Juan son los elegidos. Pero también es verdad que ellos decidieron aceptar la invitación de Jesús. En cada eucaristía el Señor renueva ese llamado apelando a nuestra libertad. Participar de la misa es subir al monte santo para descubrir de un modo nuevo quién es Jesús. También es apostar por nuestra propia transfiguración, dejándonos trabajar por una iluminación, acaso dolorosa pero incandescente al fin. El Señor nos conceda irradiar a Cristo, albergando la alegría verdadera y perseverando en la esperanza de que efectivamente perfeccionará la obra comenzada el día de nuestro bautismo (Flp 1,6).


S. Juan de la Cruz, Noche oscura (Libro 2, cap. 10)
  De donde, para mayor claridad de lo dicho y de lo que se ha de decir, conviene aquí notar que esta purgativa y amorosa noticia o luz divina que aquí decimos, de la misma manera se ha en el alma, purgándola y disponiéndola para unirla consigo perfectamente, que se ha el fuego en el madero para transformarle en sí. Porque el fuego material, en aplicándose al madero, lo primero que hace es comenzarle a secar, echándole la humedad fuera y haciéndole llorar el agua que en sí tiene; luego le va poniendo negro, oscuro y feo, y aun de mal olor, y, yéndole secando poco a poco, le va sacando a luz y echando afuera todos los accidentes feos y oscuros que tiene contrarios a fuego; y, finalmente, comenzándole a inflamar por de fuera y calentarle, viene a transformarle en sí y ponerle tan hermoso como el mismo fuego. En el cual término ya de parte del madero ninguna pasión hay ni acción propia, salva la gravedad y cantidad más espesa que la del fuego, porque las propiedades del fuego y acciones tiene en sí; porque está seco, y seca; está caliente, y calienta; está claro y esclarece; está ligero mucho más que antes, obrando el fuego en él estas propiedades y efectos.

domingo, 30 de julio de 2017

De tesoros y alegrías

La alegría, que fue la pequeña publicidad del pagano, 
es el gigantesco secreto del cristiano
G. K. Chesterton

"El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo" (Mt 13,44). Jesús nos presenta el reino como una realidad valiosa. Lo propio del tesoro es concentrar las aspiraciones humanas. Lo sepamos o no, todos andamos buscando nuestro tesoro. Y casi que podríamos decir: dime qué buscas y te diré quién eres. Pero resulta que este tesoro, el único que en verdad merece tal nombre, está escondido. Sí, está escondido pero a la vista de todos. Porque es la dureza del corazón de los hombres la que lo esconde. El rey se pasea por las calles vestido como mendigo y únicamente los pequeños saben reconocerlo. Los que miran a los ojos, los que se detienen en el rostro, son ellos los que no se dejan engañar. Basta pensar en Agustín, que cuando todavía era joven buscó en las Escrituras pero no encontró nada, porque, como él mismo confiesa, su soberbia se lo impedía. Sólo más tarde pudo descubrir allí la luz eterna que pacientemente lo aguardaba, cuando se dejó ganar por la humildad, cuando se dejó domar por un deseo de verdad cada vez más intenso.

"Un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo" (Mt 13,44). En cierto momento se da el milagro. No sabemos si el encuentro es una sorpresa absoluta o la culminación de un proceso gradual. Lo cierto es que se puede hablar de un antes y un después. Jesús irrumpe en nuestras vidas con fuerza y luz, trastocándolo todo, como el vendaval del Espíritu que renueva un ambiente viciado. El cara a cara con él se vive siempre como una revelación, como una epifanía doble que supone entrar en Dios tanto como en uno mismo. Es ahí que nace el cristiano, en un encuentro que lleva el sabor de haber sido alcanzado, como quien cae en las redes del más avezado seductor, como quien ha sido pescado de entre las aguas saladas de un mundo que nos baña una y otra vez con su amargura. 


Y tan grande es la conciencia de la nueva oportunidad, de la nueva vida que se ofrece, que el hombre vende todo lo que posee a fin de comprar el campo. La decisión, ciertamente audaz, confirma la seriedad del impacto. El mundo tiene necesidad de un amor resuelto, consistente, que no sepa de especulaciones sino que sea capaz de pagar el precio de la plenitud. ¿Qué estoy dispuesto a hacer? ¿Qué estoy dispuesto a sacrificar para ser verdaderamente feliz, para vivir en la verdad, para ser todo de Dios? La respuesta me dirá dónde estoy parado; si en realidad encontré el tesoro; si me rendí a Jesús reconociéndolo como el Señor. "Donde esté tu tesoro estará tu corazón" (Mt 6,21). 

Pero lo más curioso es que el hombre vende todo lleno de alegría. El contexto es el de una fiesta y en eso se verifica hasta qué punto se ha dejado ganar el corazón. Él sabe bien lo que hace y no se lamenta porque se sabe ganador. La pérdida está pero es nada en relación a Cristo Jesús. El evangelio es buena noticia, un río de alegría que conduce al seno del Padre, un canto nuevo que hace crujir las murallas grises del egoísmo, una mirada llena de paz que transfigura los rostros cansados del sinsentido. La alegría del evangelio es la del ciento por uno, una alegría escondida, incomprendida, oculta a los sabios y poderosos de este mundo. Una alegría escandalosa, ridícula, vituperada y hasta crucificada. Una alegría que soporta salivazos y bofetadas pero que no se detiene, sino que marcha serena, movida por la vida del Resucitado que late en las entrañas contagiando a los ojos un fulgor eterno.


Consultado por Dios en sueños, el rey Salomón pidió un corazón comprensivo -literalmente, oyente- para juzgar al pueblo a él confiado, un corazón que pudiera "discernir entre el bien y el mal" (1 Re 3,9). El negocio de la vida está en reconocer las prioridades e ir tras ellas. En una época de cambios como la nuestra el desafío no consiste simplemente en dar con el tesoro sino más bien en reconocerlo como tal. Dios nos conceda la sabiduría de no confundirnos, de no distraernos, sino de estar atentos a la suave brisa del Espíritu y a la sutil voz de la Palabra. Que podamos ordenar, como hacen los sabios, y entregarlo todo sin resquemor alguno, a manos llenas, convencidos, pletóricos, radiantes, como quien entiende que sólo gana su vida quien la pierde por Jesús. "Busquen primero el reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura" (Mt 6,33).

sábado, 29 de julio de 2017

Amar - Concretar - Formalizar

En este día de santa Marta, la mujer que, según Agustín, "recogía las migajas de la mesa opulenta de la palabra del Señor", vaya una pequeña reflexión. Está tomada de la primera lectura de la feria (sábado XVI - año par).

El libro del Éxodo dice que cuando Moisés comunicó las palabras y prescripciones del Señor, "el pueblo respondió a una sola voz: «Estamos decididos a poner en práctica todas las palabras que ha dicho el Señor»" (Ex 24,3). Detengámonos un momento en lo que significa esta respuesta. El pueblo se compromete a poner en práctica. Hace no mucho tiempo solía hablarse del católico "practicante". No cabe duda de que con esa expresión se corría el riesgo de una simplificación no exenta de cierto fariseísmo pero, de todos modos, así se enunciaba algo fundamental. La fe supone práctica, es decir, concreción. La religiosidad es nada si no desciende al ámbito cotidiano, donde juegan las manos y los pies, la boca y los ojos, la mente y el corazón. La adhesión a Dios involucra toda la persona. Y no vale invocar la interioridad que Jesús defendió siempre como lo primordial para excusar nuestras tibiezas. El culto y la moral son los ámbitos en los que se verifica -se hace verdadera- nuestra conformidad con la voluntad del Señor.


Sobre esto es posible añadir algo. Curiosamente, no basta la simple adhesión del pueblo sino que se requiere una formalización. En efecto, luego de que Israel afirmara su decisión de obedecer al Señor fue necesario enmarcar ese compromiso en el contexto solemne de la alianza (Ex 24,7). Las palabras se repiten pero el sentido es otro, porque ahora obligan de un modo nuevo. De aquí surge una lección sumamente actual. En un tiempo en que cuesta tanto "formalizar", la Biblia nos enseña que no basta dar un sí como al pasar sino que lo verdaderamente humano es empeñarse de manera clara e irrevocable. Al amor maduro le gusta ofrecer certezas.

domingo, 18 de junio de 2017

Corpus Christi 2017

Dt 8, 2-3. 14b-16ª - Sal 147 - 1 Co 10, 16-18 – Jn 6,51-58


La eucaristía es un misterio muy grande, un misterio con muchas aristas. La fiesta de hoy nos invita a acercarnos a ella poniendo especial énfasis en la presencia. Jesús se ha quedado con nosotros en las formas humildes de pan y vino.[1]

La primera lectura insiste en la necesidad de evangelizar la memoria: acuérdate y no olvides al Señor. En tiempos de prueba y aflicción, de hambre y desierto, de serpientes y escorpiones, Dios estuvo ahí, haciéndose sentir con su mano poderosa y providente (cf. Dt 8,2-16). El maná permanece en la conciencia de Israel como el alimento inesperado que hizo posible el camino a la libertad. Camino arduo pero feliz.

También nosotros tenemos nuestro desierto. Hoy experimentamos la aridez de un mundo falto de horizontes, demasiado estrecho, mayormente consumido por el aquí y el ahora, deliberadamente ciego y sordo a las insinuaciones del Padre. En medio de estas pruebas Jesús se nos ofrece como don totalmente gratuito. Él es el nuevo maná, el pan vivo bajado del cielo, “no como el que comieron sus padres y murieron” (Jn 6,58). Pan de los peregrinos que marchan con destino cierto de eternidad. Él está presente de muchas maneras pero hay una muy especial: la eucarística. En el sacramento del pan Jesús se hace alimento en sentido literal-carnal llevando hasta el extremo el realismo de su entrega por nosotros. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él” (Jn 6,54-56).

“En Cristo el grande se hizo pequeño”.[2] La fiesta del Corpus quiere reavivar nuestra gratitud y nuestra admiración por un amor tan audaz. Quizás ayude recordar qué significa propiamente “maná”. La Biblia cuenta que cuando los israelitas encontraron por primera vez este extraño alimento –una costra granulada, fina como la escarcha–, se preguntaron: “¿Qué es esto?” (Ex 16,15). Los siglos pasan pero el asombro sigue intacto. ¿Qué es esto? ¿Quién es este? La eucaristía es una provocación, un escándalo que divide las aguas. Por eso, porque conocemos nuestra debilidad, en esta fiesta rezamos para ser contados entre aquellos que alegran el corazón de Jesús. “Te alabo Padre, Señor, del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt 11,25).

Una de las tentaciones de Israel fue despreciar el maná por su insignificancia. También nosotros nos vemos tentados de olvidar a Jesús eucaristía por su pobreza y su silencio. La oración colecta de la misa nos hace pedir el don de “venerar” debidamente estos “sagrados misterios”. Esta veneración se realiza de muchos modos. Ciertamente comulgando –bien dispuestos– pero no sólo. Por lo pronto, reconocer la presencia real de Jesús en la eucaristía mueve a que toda la misa sea vivida de un modo nuevo, como liturgia celeste que abre sus puertas a la precariedad de nuestros sentidos. En el antes y el después de la consagración se hace patente cuánto entendemos, o no, de esta gracia inaudita. Y luego la adoración. Llegarnos a Jesús que tan delicadamente espera por nosotros en el sagrario: horas, días y años. Celebrar la fiesta de Corpus es renovar el compromiso de visitar a Jesús escondido en el Belén de cada templo, en esa casita del pan cuya lámpara arde discreta pero fiel, como signo elocuente del corazón amigo que aguarda sin reproches. Finalmente, la genuflexión. Hagamos el propósito, de ahora en más, de doblar la rodilla en serio, sin prisa, de manera sentida, como quien expresa con su cuerpo la rendición de toda una vida.


“Glorifica al Señor Jerusalén” (Sal 147,12). En esta fiesta la Iglesia canta bien fuerte su tesoro. Lo canta sin vergüenza porque es consciente de que el don se vive sin complejo. Y de que la fuerza reconciliadora de la eucaristía debe llegar a todos los rincones de la ciudad. Dios se hace pan en Jesús y cada uno sabrá cómo nutrirse de él. Sí, Dios nos “sacia con lo mejor del trigo” (Sal 147,14), ese trigo que primero ha caído y muerto para resurgir como espiga colmada de vida eterna.[3] Sí, “glorifícalo cuanto puedas, porque él está sobre todo elogio y nunca lo glorificarás bastante”.[4]

           Te quedaste conciso,
           te escondiste concreto,
           nada para el sentido,
           todo para el misterio.[5]



[1] Cf, Lc 24,29.
[2] Documento conclusivo de Aparecida 393.
[3] Cf. Jn 12,24
[4] Secuencia de Corpus Christi, Lauda Sion Salvatorem.
[5] Himno “Aquella noche santa”, escrito por el franciscano mexicano Jerónimo Verduzco (1924-1996). Aparece en el Oficio de lecturas de la Liturgia de las Horas en español.

domingo, 11 de junio de 2017

Trinidad Santa, un solo Dios

Ciclo A

El domingo pasado celebramos Pentecostés, la venida del Espíritu Santo. Esa llegada significa la culminación del misterio pascual y de la revelación ofrecida en Cristo Jesús. Pero no se trata sólo de una presencia nueva sino de una dinámica nueva. El Espíritu despierta y hace posible una comprensión más profunda del misterio de Dios. Ya Jesús lo había dicho a sus discípulos: El Espíritu de verdad los guiará a la verdad total, plena, la verdad sin más (Jn 16,13). En efecto, ¿quién conoce lo íntimo de Dios sino su Santo Espíritu? (cf. 1 Co 2,10-11).

Las lecturas de hoy resaltan el hecho de que Dios es amor. La cuestión es descifrar qué se entiende por amor. Recorrer las Escrituras es dejarse cautivar por una progresión amorosa que nos lleva siempre más allá hasta rayar el escándalo. Israel en el AT y la Iglesia en el NT, ambos experimentan el consuelo y la exigencia de un Señor que invita a superar los propios criterios a fin de plegarse a los suyos. Destaquemos algo de esta gracia que nos resulta tremenda y fascinante.


El amor genuino quiere darse a conocer. Es como una necesidad. En este marco de prodigalidad hay que situar la revelación de la Trinidad, misterio inaccesible al hombre que, no obstante, Dios le ha querido compartir. Dios no mide, no regatea, sino que se muestra tal cual es, sin costuras. ¡Qué lección! Nosotros que guardamos tan celosamente nuestras riquezas interiores, nuestras pobres riquezas, ¿no deberíamos aprender de esta transparencia divina que se da por entero sin especular? "Los llamo amigos porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre" (Jn 15,15).

El misterio de la Trinidad es el de la unidad en la distinción. Tres personas, un solo Dios. Tres amantes, un solo amor. Dios es uno y diverso. Uno pero no solitario; sino comunión, familia, si se permite la analogía (de algún modo hay que hablar). Quizás hemos experimentado alguna vez, humanamente,  algo remotamente parecido: somos distintos, es verdad, pero en cierto sentido somos uno. El amor es una fuerza unitiva, decía el Areopagita. La de Dios es una unidad sin confusión, que no diluye singularidades sino que las potencia. El Padre, el Hijo y el Espíritu son tres versiones, tres rostros (prósopa) del mismo amor. 


El Padre es amor fontal, origen, manantial, amor que se brinda, que se ofrece hasta el extremo, incluso hasta el sacrificio del Hijo Unigénito, del fruto precioso de las entrañas. Locura de amor que provee, que se entrega al colmo de lo indecible, al colmo de pronunciar enteramente la Palabra que sustenta toda palabra, quedándose por eso "como mudo" (S. Juan de la Cruz). El Hijo es amor receptivo que se deja regalar, es mano que se abre sin complejos y mejilla que se deja acariciar. Es el amor que baja la guardia, que se deja bañar, vestir y alimentar; amor que se deja colmar, no a regañadientes sino haciendo fiesta, porque sabe que él mismo es ocasión para que otro salga de sí. El Espíritu es amor de comunión que enlaza amantes, es vínculo, nexo y sello. Está en el medio sin estorbar, discretísimo, haciendo de puente, como abrazo infinito y entrañable. Como dijera alguna vez Guillermo de S. Thierry, el Espíritu es el beso entre el Padre y el Hijo.[1]

Este misterio tiene implicancias bien concretas. Por una parte, que las tres personas divinas reciban una misma adoración y gloria significa que no se es más por dar ni menos por recibir. La dignidad no está en el orden, en el lugar que se ocupa, sino en la intensidad del amor. Por otra parte, conocer la Trinidad es acceder al revés de la trama; lo que Greene llamaría the heart of the matter. Todo lo creado ha salido del Dios Trinidad y lleva su huella. De hecho, el hombre es el más perfecto de los "vestigios trinitarios". Ser imagen y semejanza significa estar llamados a replicar en nuestras relaciones el estilo trinitario de la "gracia multiforme" (1 Pe 4,10), donde la variedad es riqueza y no problema, donde el rasgo personalísimo de cada cual no resiente la cohesión sino que la afianza. Parafraseando a Agustín decimos: noverim te, noverim me - te conoceré, me conoceré.[2]


El Dios Trinidad, el Dios que es un "nosotros", ha querido ser además -de un modo completamente libre- Dios "con nosotros". Se ha dignado honrarnos con su amistad que es alianza, nos ha hecho suyos incorporándonos como miembros de una gran familia: hijos en el Hijo para llegar a decir, por obra del Espíritu, Abbá. Pero este Dios que se ha hecho carne en la persona del Hijo sigue siendo el incomensurable, el tres veces santo ante el cual sólo cabe adoración (Ex 34,8). La fiesta de hoy es un canto, no una clase. Es la celebración de aquello que nos excede siendo a la vez lo más íntimo. Desde el bautismo vivimos arropados por el calor trinitario. El camino no es otro que el de la fe: humilde, sencilla y audaz. Que en cada señal de la cruz podamos renovar nuestra consagración trinitaria y experimentar la bendición de un amor que "supera todo lo que podemos pensar" (Flp 4,7).
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[1] Guillermo de S. Thierry, Carta de oro, 263.
[2] San Agustín dice: noverim me, noverim te: “me conoceré, te conoceré”; Soliloquios II,1,1.

sábado, 3 de junio de 2017

Día 49

Concluye ya el tiempo de pascua. Mañana celebraremos Pentecostés dando cierre al período de cincuenta días dedicados a contemplar la resurrección de Jesús. Esto significa que en adelante no encenderemos el cirio pascual más que para los bautismos y las exequias. 


En este contexto litúrgico la Iglesia nos invita a escuchar el final del libro de los Hechos y el final del cuarto evangelio: por un lado Lucas y por otro Juan; por un lado Pablo y por otro Pedro. En ambos casos se trata de lo mismo: seguir a Jesús hasta dar la propia vida. Esta vez el mensaje resuena con una fuerza especial por la memoria del martirio de Carlos Lwanga y sus compañeros.* Como bien dijera Pablo VI: "estos mártires africanos añaden una nueva página a aquella lista de vencedores llamada Martirologio, página que contiene unos hechos a la vez siniestros y magníficos; página digna de formar parte de aquellas ilustres narraciones de la Antigua África, que nosotros, los que vivimos en esta época, pensábamos, como hombres de poca fe, que nunca tendrían una continuación adecuada".

Lamentablemente la muerte por Cristo sigue vigente en el siglo XXI. No es nuestro caso, pero sí podemos -debemos- rezar mucho, tanto por víctimas como por victimarios. Y procurar, tal como nos anima la Iglesia, que así como los mártires recibieron por gracia "el valor para superar los tormentos", que a nosotros se nos conceda, "en medio de las adversidades, la perseverancia en la fe y en la caridad" (Oración Poscomunión).


Falta un día para la gran efusión del Espíritu. Y esto de estar a la puerta nos recuerda el misterio del sábado santo: nuestra vida entera es un caminar deslumbrados por una plenitud que se insinúa, pero sin llegar a desplegarse del todo.
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* En los comienzos de la evangelización de Uganda (fines del siglo XIX), en pleno corazón del África, y apenas transcurridos siete años desde la llegada de los primeros misioneros a aquellas tierras, un centenar de cristianos, católicos y anglicanos, fueron torturados y asesinados. Cuatro de ellos habían sido bautizados por Carlos Lwanga poco tiempo antes del suplicio. La mayoría fueron quemados vivos en Numungongo, por negarse a satisfacer los impuros deseos del monarca; tenían entre dieciséis y veinticuatro años de edad. El más joven, Kizito, tenía apenas trece.


domingo, 16 de abril de 2017

Juan 20,1-9


Magdalena se adelanta a todos y va de madrugada al sepulcro. Ella simplemente va; no para cumplir una tarea en particular sino sólo por estar. El amor reclama presencia. Y evita la postergación. “Temprano, temprano despierta mi oído, para escuchar, igual que los discípulos” (Is 50,4).

El evangelista nos dice que ella avanza en la oscuridad, envuelta en las tinieblas que evocan las amargas sombras del rechazo de Dios (Jn 1,5). Es una mujer indefensa, una luz humilde que brilla movida por el instinto. Suficiente para Dios, porque a Él le gusta honrar la ofrenda del pobre. “Mecha mortecina no apagará” (Is 42,3).

En un contexto donde se supone que ya está todo dicho, Magdalena asiste a un concierto de novedades: la piedra corrida, el sepulcro vacío, las vendas en el suelo y el sudario prolijamente enrollado en un lugar aparte. Indicios de que algo nuevo está en marcha. Pero ella no se percata. La escena es ambigua y lleva a confusión. Por eso Magdalena, perpleja, desbordada, sin mucha claridad, corre en busca de Pedro y del discípulo amado. Corre al seno de la Iglesia madre para confiar la inquietud que le acelera el corazón.


Pedro entra y ve. Juan entra, ve y cree. Pero el evangelista agrega: “Todavía no habían entendido que, según la Escritura, debía resucitar de entre los muertos”. ¿Es que se puede creer sin entender? Quizás estemos ante un itinerario espiritual: ver, creer, entender. El ojo ve, el corazón cree, la inteligencia entiende. El ojo registra, el corazón intuye, la inteligencia articula. El mismo Jesús le había advertido a Pedro: “No puedes entender ahora lo que estoy haciendo, pero más tarde lo conocerás” (Jn 13,7). En otro contexto san Agustín recuerda la traducción griega de Isaías 7,9: si no creen, no entenderán. “No entiendes para creer, sino que crees para entender. La fe es la tarea, el entenderlo es la recompensa” [1]. 

Podemos pensar la Pascua como un camino de progresión en la fe que culmina en la gracia de Pentecostés. El Señor Jesús hará el intento de convencer nuestros corazones duros, pero necesita que nos pongamos en camino, que deseemos eso que nos quiere enseñar. El principio del Evangelio ya anticipa el final: “ven y lo verás” (Jn 1,39). Conocer la intimidad del Maestro supone una apuesta. Sólo quien suelta amarras y se adentra en el misterio llega a ver lo que ningún ojo pudo ver (cf. 1 Co 2,9). Por eso, tienen razón Los Piojos cuando cantan “desde lejos no se ve”. ¿Querremos acercarnos en la fe, sin demasiadas luces pero en la certeza de que no seremos defraudados?



[1] Agustín, Sermón 229G,4. Curiosamente, en el pasaje que nos ocupa san Agustín interpreta la acotación del evangelista en el sentido de que el discípulo le creyó a María Magdalena que se habían llevado a Jesús. “Así, pues, vio y creyó. ¿Qué creyó? ¿Qué creyó sino lo que había dicho la mujer, a saber, que habían llevado al Señor del sepulcro? Ella había dicho: Han llevado al Señor del sepulcro y no sé dónde lo han puesto. Corrieron ellos, entraron, vieron solamente las vendas, pero no el cuerpo, y creyeron no que había resucitado, sino que había desaparecido” (Serm. 229L,1).